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La caja de Pandora (II)

. 19 de noviembre de 2009
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La mujer recién creada, acogió con gratitud el don de Zeus y sobre un magnífico carro descendió a la Tierra, donde el Destino le había señalado como esposa del rey Epimeteo, hermano de Prometeo.

Lo que ocurrió después ya es de todos sabido. La curiosidad de Pandora, poco a poco, empezó a inquietar su pensamiento. ¿Qué contenía el precioso cofrecillo regalado por Zeus? ¿Todos los males? ¿Y si abriese apenas un poquito la tapa y mirase con precaución por la rendija para ver cómo eran?

Pandora levantó la tapa, e inclinó el rostro hacia la breve abertura, pero tuvo que apartarse rápidamente, presa del mayor espanto. Un humo denso, negro, acre, salía en enormes espirales del cofre, mientras mil horribles fantasmas se dibujaban en aquellas tinieblas que invadían el Mundo y oscurecían el Sol. Eran todas las enfermedades, todos los dolores, todas las fealdades y todos los vicios. Y todos ellos, rápidos, incontenibles y violentos, salían del cofre irrumpiendo en las tranquilas moradasd de los hombres. En vano, Pandora trataba afanosamente de cerrar el cofre, de cortar el paso a los males, de remediar el desastre. El Destino inexorable se cumplía y desde entonces la vida de los hombres fue desolada por todas las desventuras desencadenadas por Zeus.

Cuando todo el humo denso se esfumó en el aire y el cofre parecía vacío, Pandora miró al interior, y vio todavía un gracioso pajarillo de alas tornasoladas. Era la Esperanza, el único bien que queda a los mortales para consolarles de su desventura.


Las mejores leyendas mitológicas, José Repollés

La caja de Pandora (I)

. 17 de noviembre de 2009
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Cierto día, el poderoso Zeus decidió castigar a los hombres porque se habían vuelto malvados y soberbios. Y llamando a su hijo Vulcano, le ordenó:

- Necesito que me fabriques rápidamente una mujer.

El herrero divino, que había llegado cojeando y distraído hasta el trono de su padre, se sobresaltó al oír aquello.

- ¡Fabricar una mujer! - exclamó -. Pero, señor, eso es mucho más difícil que forjar la armadura de Marte o cincelar el escudo de Minerva.

Pero ante la insistencia de Zeus, el feo Vulcano, obediente, regresó a la fragua y empezó a fabricar la mujer que su padre le pedía con tanto interés. 

Con sus brazos vigorosos, la modeló hábilmente hasta hacerla en todo semejante a las bellísimas diosas. Finalmente, le dio por alma una chispa de fuego divino que ardía en los inmensos hornos del Olimpo.

Rápidamente acudió Minerva para admirarla y le regaló un cinturón de perlas y un riquísimo vestido de púrpura y piedras preciosas; también la bella y dulce Venus esparció sobre la cabeza de la recién creada doncella las más exquisitas virtudes femeninas, mientras las Gracias, las Charites y las Horas le adornaban el pecho y los brazos con joyas refulgentes y guirnaldas de flores perfumadas. 

Incluso Zeus quiso ofrecer su regalo ala bellísima mortal, antes de enviarla entre los hombres.

- Te doy el nombre de Pandora, ¡oh, graciosa doncella! - dijo Júpiter-. Tu nombre significa la mujer «de todos los dones». A los que acabas de recibir añado este mío. Se trata de este cofrecillo que llevarás contigo cuando bajes a la Tierra. Contiene todos los males que puedan hacer llorar, sufrir, destrozar a los hombres. Guárdate, pues, de abrirlo por nada del mundo. Si lo hicieras, los males se esparcirían por la Tierra, mientras que aquí permanecerán encerrados, eternamente presos, sin que puedan perjudicar a nadie.

Las mejores leyendas mitológicas, José Repollés

El origen del hombre

. 25 de junio de 2009
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Refiere una leyenda croata que, al principio, no existía más que Dios, pero Dios dormía y soñaba.

Este sueño duró siglos enteros. El momento fijado para que despertara llegó. Lo hizo bruscamente, miró en torno suyo, y de cada una de esas miradas nació una estrella.

Dios mismo se sorprendió de ello y comenzó a viajar para ver lo que sus ojos habían creado. Viajó, viajó interminablemente. Al fin llegó a nuestra tierra, pero estaba ya fatigado. Las gotas de sudor caían de su frente. Una de estas gotas adquirió alma, y ella fue el primer hombre.

Así el hombre nació de Dios. Pero no fue creado para los placeres: nació del divino sudor, y desde su origen quedó destinado a sufrir y a trabajar.

Las mejores leyendas mitológicas, José Repollés